Escocia día 3: de Oban a Tobermory

Amaneció (o lo que se puede llamar amanecer aquí, ya que nunca se hace de noche como lo entendemos en el Sur de Europa, sino una noche gris) un día lluvioso, aunque como fui aprendiendo eso no significaba que no fuera a parar. Realmente llovía media hora y luego paraba para dejarte hacer tu vida normal hasta que volvía a ponerse a llover. Este día pretendía cruzar a la isla de Mull y desde esta alcanzar la isla de Iona y su abadía, pero el ferry no salía de Oban hasta las once y media, así que aproveché mi Explorer Pass para acercarme al castillo y capilla de Dunstaffnage, a escasas tres millas del centro de la ciudad.

Se trata de una pequeña fortificación que domina la entrada de la bahía y que fue parte importante de las guerras de independencia escocesa en el siglo XIV, pasando entonces a ser propiedad de la Corona. Se encuentra perfectamente conservada, y es muy agradable el paseo por las murallas mientras observas el mar y la entrada al Loch Etive. Además, en la casa del guarda hay una pequeña exposición interactiva que te cuenta como debió de ser la vida en el castillo cuando se encontraba habitado y durante las guerras. Luego, a unos 300 metros entre los árboles del bosque, se encuentra la capilla, construida en el siglo XIII como capilla privada para los primeros dueños, los McDougall. No conserva el techo, pero rodeada del bosque se trata de un lugar muy inspirador y tranquilo, ya que la mayoría de los visitantes del castillo no vienen hasta aquí.

Una vez hecha la visita, me dirigí de nuevo a Oban para coger el ferry que me iba a llevar hasta Craignure, en la isla de Mull, mi objetivo principal para este día. El viaje es relativamente corto, unos cincuenta minutos y al salir del barco, casi sin darte cuenta te encuentras rápidamente en la especifidad de la isla de Mull. ¿Lo básico? Todas las carreteras de la isla son de una sola dirección, disponiendo de los llamados “passing place” cada 200 metros más o menos, apartaderos para dejar paso a los coches que vienen de frente o a aquellos que te quieren adelantar. Lo básico que hay que saber es que los lugareños conducen a la misma velocidad que si fuera de doble dirección, lo que unido a la gran cantidad de cambios de rasante y curvas que tiene la carretera hace de la experiencia algo muy agotador. Si además es un día de niebla y lluvia como tuve yo, te llevas el pack completo.

Pero alcancé el objetivo principal del día, que era la localidad de Fionnphort donde se encuentra el embarcadero donde coger el barco que te traslada en escasos quince minutos a la isla de Iona. El coche lo tienes que dejar en el puerto, ya que la circulación está prohibida (excepto para los escasos residentes) por la isla de Iona, pero las plazas de aparcamiento son numerosas y merece mucho la pena.

Una vez en la isla, la abadía se encuentra a unos diez minutos andando del puerto, un paseo espectacular pese a la fina lluvia que caía, con las ruinas del monasterio para las monjas a mitad camino para hacer un descanso. Y llegas a la abadía, un sitio mágico desde el primer momento. Se dice que se fundó en el año 563 por San Columba y es el centro desde el que se inició la expansión del cristianismo por toda Escocia. El monasterio se fue ampliando con el tiempo hasta que fue cerrado en el siglo XVI tras la Reforma protestante. Pese a eso, en el siglo XIX se volvió a abrir y se reconstruyó para utilizarlo como monasterio de la Iglesia de Escocia, lo que ha permitido que se conserve hasta la actualidad. Porque si, en la actualidad sigue habiendo monjes en la abadía.

Además, Iona destaca por una gran cantidad de cruces celtas que se conservan en torno a la abadía, destacando la enorme cruz de San Martín, del siglo VIII, que se yergue a la entrada de la abadía con sus grabados bíblicos y de la vida de Jesucristo.

Después de salir de la abadía paseé un poco por la isla, tranquila y reposada, pero como era media tarde comencé el viaje hacia Tobermory, punto final del día. Esta vez cogí la carretera que bordea la isla por el noroeste, que era peor que la que usé por la mañana, pero que al carecer de tráfico me hizo reconciliarme con la conducción por la isla de Mull, con sus espectaculares acantilados y sus prados llenos de vacas y ovejas.

Finalmente, eran ya las ocho de la tarde cuando llegué a Tobermory (y es que las millas se pueden hacer muy largas cuando conduces por este tipo de carreteras) para hacer check-in en mi alojamiento y llevarme la sorpresa del día. Porque Tobermory es un pueblo encantador enclavado en una bahía, de casas pintadas de distintos colores reflejadas en un agua cristalina y con una escasísima circulación que da una paz y tranquilidad inesperada. Me recordó mucho a la paz que sentí en el pueblo de A, en las noruegas islas Lofoten. Como podéis ver en las fotos se trata de un lugar de cuento.

Ya era hora de acostarse con esa noche gris de final de primavera en Escocia porque al día siguiente tocaba otra larga etapa que nos dejaría en la isla de Skye. Pero eso será otra historia…

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