Islas Lofoten: un paraíso que todavía no sé si fue un sueño

He conocido muchos lugares a lo largo de mi vida. Ha habido muchos de los que me he enamorado, como da fe este blog porque ya os he hablado de algunos, pero hay uno de esos lugares que todavía no sé si fue un sitio real o fue solo una imaginación, un sueño. Hablo de las Islas Lofoten, en el Círculo Polar Noruego.

La primera vez que tuve noticias de ellas fue cuando me empecé a plantear seriamente el ir a sentir el Sol de Medianoche. Fue tras ver “Los amantes del Círculo Polar” cuando comencé a investigar sobre esos lugares y me encontré con estas islas. Pasaron muchos años de sueños y viajes interruptus, hasta que en Junio de 2012 realicé mi periplo por el Círculo Polar. Y es taba claro que una de mis paradas iba a ser las Lofoten.

Se trata de un archipiélago relativamente cercano a las costas noruegas, cerca de la ciudad de Bodo y formado por cuatro islas principales (de Norte a Sur, Austvågøy, Vestvågøy, Flakstadøya y Moskenesøya) y tres islas menores. Las cuatro islas principales están unidas entre ellas por puentes o túneles, por lo que lo mejor es alquilar un coche para recorrerlas tranquilamente, parando y admirando todo lo que te vas encontrando. Las islas del Sur son, para mí, las más espectaculares y bonitas al ser las más montañosas, con las laderas de las montañas hundiéndose directamente en el mar y con pueblos en cualquier pequeña llanura que existe. Conforme vamos hacia el Norte, las islas se van convirtiendo en llanuras poco a poco, llanuras hacen que las poblaciones sean cada vez más grandes.

Mi llegada a las islas fue una fría tarde de Junio a bordo del ferry que sale de Bodo y que te deja en el poblado de Moskenes, en el sur de las islas. Es un viaje de unas tres horas y media y, pese al frío que pasé en cubierta, nunca olvidaré como los picos dentados de las Lofoten se iban acercando hacia nosotros conforme nos acercábamos a las islas. La imagen, una tarde-noche de Junio, fue de las que se me quedó grabada en la mente y presagió todo lo que se venía encima. Una vez desembarcado me dirigí a mi alojamiento (mediocre, como casi todo el alojamiento a precio “razonable” en Noruega) en el pueblo más meridional de las islas, allí donde acaba la carretera, el poblado de Å (así sin más), un pequeño pueblo dedicado a la pesca del bacalao lleno de rorbuer, la casa tradicional en las Lofoten, que son alojamientos de madera levantadas sobre pilotes encima del agua. Pese a que el Sol no tenía intención de ponerse, eran más de las doce de la noche cuando me instalé y me puse a dormir, esperando impaciente el día siguiente, mientras por la ventana de mi habitación se veía esto:

El día siguiente me empapé de Lofoten. Comencé la mañana paseando por el pueblo, adentrándome más allá del fin de la carretera para descubrir acantilados e islas imposibles, para ver todavía los restos de nieve en los montes. Luego conduje hacia el pueblo de Reine, ubicado en el único lugar de la isla donde las montañas dan un respiro y se forma una pequeña bahía, protegida del mar embravecido. Crees que este pueblo es el lugar ideal donde quedarte todo el día la borde del puerto, ante la imponente visión del círculo de montañas, pero retomas la conducción para ir por los lugares donde las montañas dejan pasar a la carretera, saltando de una costa a otra de las islas, saltando entre ellas mediante puentes o túneles, parando casi en cada curva para extasiarte ante lo que muestran tus ojos.

Los perfiles se van suavizando, y las llanuras empiezan a aparecer cuando llegas a la ciudad de Leknes y a su Museo Vikingo. Consta de una casa vikinga, reconstruida desde su forma de barca invertida y conservada con la estructura que tendría hace 1000 años, cuando eran los amos y señores de estas tierras. No piensas como, pero acabas remando en una reproducción de un barco vikingo, solo antes de recuperar tu viaje y encontrar esa pequeña sorpresa que aparece cuando crees que el día ya ha dado todo de sí: Henningsvaer. Un pueblo entre canales, apartado de la ruta principal, en uno de los múltiples cabos que forman las islas, y al que se llega por una estrecha carretera que termina en un puente estrecho e imposible a simple vista.

Finalizas tu viaje en Svolvaer, una ciudad como las demás que está a punto de romper la magia, pero rápidamente das la vuelta y en tu retorno a Å vuelves a disfrutar de unos lugares que ya no se irán de tus retinas y antes de llegar te quedas largo rato delante de esa pequeña bahía, de luz imposible y nombre desconocido en la que te das cuenta de que cuando llegue tu hora quieres morir delante de estas islas, viendo el auténtico paraíso en la Tierra: las islas Lofoten.

Para acabar, una recomendación: venid a las islas en el transbordador que llega desde Bodo, la aproximación es inolvidable. Puedes alquilar un coche y recogerlo en el muelle del transbordador con Rentacar Moskenes. Si no quedan (no hay muchos), alquiladlo en Bodo. Sale un poco más caro y tienes que pagar el transbordador (lo que hice yo), pero merece mucho la pena.

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5 respuestas a Islas Lofoten: un paraíso que todavía no sé si fue un sueño

  1. yandrakovic dijo:

    No tiene mala pinta, no… xD

    ¿Cuántos habitantes hay, aproximadamente en esa zona?

  2. yandrakovic dijo:

    Veintipocos miles supongo que te refieres, no?

  3. hesisair dijo:

    Yep, vive poca gente pero no tan poca jajaja

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