Día 17 : Un día de 36 horas

Al final he llegado a España tras un día larguísimo que ha durado 36 horas gracias al cambio horario. Al final, el primer tramo del viaje, las 16 horas entre Melbourne y Dubai, vía Kuala Lumpur lo hice en Bussiness y eso, eso es otro mundo. Ya lo primero es cuando te dan paso para la sala VIP, donde te pones hasta arriba de lo que quieras: comer, beber, leer, lo que sea menos putes y foie. Gratis, por supuesto. Luego entras en el avión y te encuentras con un asiento de alucinar, tal que así.

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El asiento se empieza a mover con un motorcillo y lo empiezas a inclinar hasta que lo pones en posición horizontal si quieres. Vamos, lo conviertes en una cama.Tienes una televisión donde ver las pelis y el cine, lo mismo que en turista, pero con un tamaño de 21 pulgadas y unos auriculares que bloquean el ruido externo. Y por supuesto, siempre pendientes de ti, de lo que pides, de lo que deseas,… Te dan un neceser de flipar con todo lo que se te pueda ocurrir de aseo. Y sí, se duerme bien. Dormí cinco horas seguidas. ¡En un avión!

Luego, en la escala de hora y media en Kuala Lumpur otra vez a la sala VIP. Un no parar vamos. El último tramo del viaje, de Dubai a Madrid volví a la clase Turista, y ya no es lo mismo. Una vez que has probado la miel ya no te gusta la mantequilla.

El último tramo se ha hecho largo, pero ya estoy en España y ya tengo ganas de llegar a casa para descansar. Pero eso será mañana.

 

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Día 16 : Llega la hora de marchar

Nunca pensé que llegaría el momento de empezar esta aventura. Y, una vez en ella, nunca pensé que llegaría el momento de que acabara. Pero el tiempo pasa de manera inexorable, y aquel sueño que pasó por mi mente una mañana de Mayo, que se hizo mayor un fin de semana en Cardiff y que no tuvo marcha atrás una tarde de domingo de Julio está tocando a su fin. Han sido 16 días de pérdidas de conexiones en Dubai, de días de inmersión en Melbourne, de momentos mágicos en las faldas de Uluru, de pequeñas decepciones en la Gran Barrera de Coral, de sorpresas inesperadas en Brisbane y de locura de gran ciudad en Sydney.
Estoy sentado en la sala de espera del aeropuerto y miles de imágenes pasan por mi cabeza. Mi cabeza me pide más y más tiempo en este país. Me pide un mes en Melbourne y otro en Brisbane, viviendo en esas ciudades. Me pide un nuevo atardecer sangriento bajo la roca sagrada, o quizás una vida de atardeceres.
Mi cuerpo, físicamente, en cambio, no puede más. Mi catarro en vez de remitir vuelve a crecer con fuerza, mi rodilla ya no sé si está o no está (realmente sé que está por el dolor constante que me produce), tengo una tendinitis creciente en el brazo derecho que hoy ya casi no me dejaba ni levantar la cámara de fotos y tengo por delante 24 horas de vuelo.
Pero, ¿sabéis? Eso ahora no importa absolutamente nada. Porque estoy en Australia, porque he hecho algo que no me creía capaz de hacer. Porque he dado forma a los sueños, que es lo único que nos queda para conseguir una vida plena. Todos tenemos sueños, pero lo difícil es dar el paso adelante. Lo difícil es salir de la zona de confort en la que estamos instalados y buscar que esos sueños se hagan realidad. Sé que hablar es muy fácil, y más alguien como yo que me coloco con demasiada facilidad en esa zona de confort, pero si algo he aprendido en los últimos cuatro meses de locura que he vivido es que hay que pasar de los dichos a los hechos, y hacer las cosas, cumplir tus sueños, decir lo que piensas, lo que sientes. Porque luego, cuando ocurren las cosas (o aprendes que no ocurren siempre) te conviertes en otra persona, una persona que ha hecho lo que su cuerpo le pedía, y eso te hace especial. Especial porque ya quisieran la mayoría del resto del mundo ser capaz de identificar e intentar realizar sus sueños.
Esto no acaba aquí, no os penséis. Aún recibiréis la crónica de 24 horas en un avión, y unas reflexiones finales más calmadas cuando llegue a Zaragoza, pero quiero agradeceros a todos y cada uno de vosotros que habéis seguido esta aventura conmigo, seáis vosotros ocho a los que hablé directamente de esta página; si aparecistéis aquí por casualidad y os gustó; familiares, amigos o desconocidos; que hayáis estado ahí dando aliento, siguiendo las aventuras o simplemente pensando lo loco que estoy. Se ha notado vuestro aliento aunque vosotros no lo supieráis.
No quiero molestar más ni ponerme más nostálgico de lo necesario, solo tengo una cosa más que decir después de esta experiencia: amo Australia por encima de cualquier otro país en el mundo y voy a hacer lo posible para volver en cuanto pueda, y si además me regala una vida, me hará el hombre más feliz en el hemisferio Norte. A eso me dedicaré por difícil que sea (y va a ser). Este sueño puede que no se cumpla, pero se buscará. Como debe de ser.

P. D. : Hoy he estado de museos por Sydney, en uno había una exposición de Goya. Me he sentido muy orgulloso de ser aragonés en ese momento. Luego he paseado por el Jardín Botánico y me he despedido de la Ópera de Sydney.
Y os dejo con la que para mí será la foto del viaje, más por el momento que por la calidad.

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Día 15 : Escuela de calor

«Arde la calle al sol de poniente», que cantaban los Radio Futura hace un portón de años. Hoy me he acabado poniendo los pantalones cortos, cosa que no contaba con hacer hasta llegar a Madrid. Pero es que hoy hemos tenido 32 grados en Sydney, con un viento caliente que hacía el día bastante cargante.

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Hoy he ido a Bondi, la Beverly Hills del hemisferio sur. Es la playa de Sydney, lugar lleno de casas de lujo, cuerpos perfectos, gente tomando el sol y surfistas. Aparte de eso, que resulta muy cargante tras media hora, tiene un camino costero que va uniendo las calas al sur de la playa principal, Bondi Beach, muy agradable e interesante por las vistas que se tienen.

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Ayer me preguntaba mi hermano si había visto surfistas en Manly, la verdad es que no, pero es que el día no era muy agradable. Hoy en cambio, en las playas de Bondi había bastante gente haciendo surf (o más bien intentándolo), aunque, la verdad, las olas no eran de locura precisamente. En las fotos que cuelgo, que son del móvil,  no se aprecia mucho porque no tengo zoom, pero en las de la cámara si que he cazado algún surfista.

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¿Os acordáis que ayer os dije que tenía la rodilla tocada? Pues en Bondi ha roto. De repente, deshaciendo el camino he notado un pinchazo mayor de lo normal y ahí se ha acabado la rodilla. Me he sentado un rato, pero ya no ha vuelto a reaccionar. He vuelto como he podido a la estación, y de ahí al hotel y, tras conseguir algo de hielo, he estado un par de horas tumbado con hielo para bajar un poco la inflamación. A las dos horas me encontraba mejor, así que me he ido para la ciudad a seguir mirando un poco a la gente, ver como es la vida, apreciar la locura que rodea a Sydney.

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He estado un rato, pero la rodilla me ha vuelto a fallar, y ahora me duele muchísimo. Estoy otra vez con hielo en la cama a ver si mejora un poco con el descanso. Porque ya no vuelvo a ver la cama en 48 horas. Mañana estoy en Sydney, pero voy a Melbourne a las nueve de la noche y luego empiezo a volver a las tres de la mañana. Desde que salgo del hotel a las diez de la mañana ya no tengo lugar dónde descansar hasta que el jueves por la noche llegue a Madrid. He recibido un mail para hacer el viaje a Dubai en Bussiness por 700€, y me lo estoy planteando porque son 16 horas y no sé qué dirá la rodilla en el estado en el que está. Tengo que hacer números y cuentas para ver el presupuesto como va…

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Bueno, que mañana quiero ir de museos, para no patear demasiado y no tentar demasiado la suerte, pero es el último día y habrá que aprovecharlo hasta la última gota de sangre jejeje.
Mañana escribiré la crónica, como siempre, aunque no sé si podré colgarla desde el aeropuerto. Si no, la colgaré cuando llegue a Madrid, con la correspondiente al viaje de vuelta. Mientras tanto, ya sabéis, sed buenos 🙂

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Día 14 : Salió el Sol de nuevo

Mi catarro está casi ganado. Gracias, gracias, pero aún hay que derrotarlo del todo jajaja. Hoy el día ha amanecido soleado. Tenía pinta de que iba a ser un buen día, pero ya no me fio de esta ciudad y me he cogido el jersey. Que, como debía ser, me ha sobrado todo el día y al final ya no sabía que hacer con  él.
No tenía muy claro lo que quería hacer hoy, así que me he dirigido a Circular Quay a ver lo que se me ocurría. Y he visto el muelle de salida para Manly y me he decidido al momento.

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Manly es el pueblo que se encuentra abriendo la bahía al océano. Se encuentra a media hora en ferry del centro de Sydney, y es que la bahía es profundas imagen. En dirección contraria hay una hora a Parramatta, que sería el lugar donde acaba. Manly es el comienzo de la zona de surf, ya que al estar abierto al océano el viento sopla muy fuerte. Pero Manly sobre todo tiene una serie de caminos para hacer bushwalking (tal y como llaman aquí al senderismo) muy buenos, aunque terriblemente señalizados (más bien, no señalizados, pero bueno). He decidido ir andando a la esquina que da paso al océano, que marcaba que era un camino cómodo… ¡Cómodo, los cojones!

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Bonito un rato largo, pero es una tortura de subidas y bajadas, saltos entre cala y cala, a cuál más agradable, que ha terminado con mi rodilla de tamaño doble. Y no, no es musculatura que haya crecido, o al menos eso me hace intuir el dolor que siento en ella cada vez que la apoyo. Pero he terminado la ruta y me ha premiado con vistas increíbles.

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Ha habido un mirador en el que me he quedado bloqueado durante más de media hora porque la vista era tan espectacular que no podía dejar de mirar. Es difícil que a mí le mar me transmita algo, soy de secano, pero ese mirador me ha dejado impresionado, marcado de alguna manera.
Cuando he llegado al pueblo, he comido la mejor hamburguesa de mi vida. Sí, sí, que no exagero. Me he metido en el sitio por casualidad y me he quedado sorprendidísimo. Lo primero, la hamburguesa no empiezan a hacerla hasta que al pidas. Tardan diez minutos o quince, pero ves que te la están haciendo al momento y que se la están currando. Y cuando ya la tienes, te dan una hamburguesa de tamaño imposible, junto con una ración de patatas con la que tendrías para una semana.

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Sólo decir que la hamburguesa me la he acabado por orgullo, pero con las patatas no he podido, ni de coña. Que, por cierto, como las patatas te daban un botecito con la salsa que quisieras. En serio, BenBry Burgers, en Manly, ¡tenéis que venir!
Tras tener el estómago lleno, lleno, de verdad, me he vuelto a Sydney. Como ya era tarde, y cerca del atardecer, al pasar por la Ópera me he apuntado a uno de los tours que tienen para enseñártela por dentro. A ver, el tour dura hora y cuarto, lo que está bien, pero para lo que te enseñan y te cuentan en porciones un atraco a mano armada. Pero bueno, puedo decir que he estado dentro de la Ópera de Sydney, que sigue sin dejar de ser un edificio espectacular y que ¡ya tiene cuarenta años! No pensaba que fuera tan viejo.
A la salida del edificio, la noche ya había caído sobre Sydney, así que he hecho la foto del skyline nocturno que me faltaba para unir al de Melbourne y al de Brisbane. La verdad, me gusta menos que los dos anteriores, aunque también está muy bien.

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No sé, ¿sabéis? Hoy ha salido el Sol y las cosas se ven de otra manera. Leo lo que escribí ayer y me siento un poco idiota por haber vuelto a reincidir en cosas que tenía olvidadas, pero por eso somos humanos, ¿no? Por algo somos el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Ya queda menos, una verdadera pena. Y me duele la cabeza. Ya tardaba en ocurrir este viaje…

P. D. : Se me olvidaba poner la foto de una placa que he encontrado en Manly en un banco del parque, dedicada a alguien que ya nos dejó. Ojalá alguien pudiera decir algo parecido de mí cuando me toque dejar este mundo…
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Día 13 : Plomizo y gris

Después de un día con un clima inimaginable para un invierno hoy ha tocado un día plomizo y gris, con algo de agua por la mañana y una tontería que no se ha quitado en todo el día. Por lo menos, los chutes de Paracetamol parece que empiezan a hacer efecto y esta noche empiezo a encontrarme mejor.
No tengo muchas ganas de contar nada, la verdad. Digamos que me encuentro como el día, plomizo y gris. A veces hay momentos, nunca se sabe cómo ni por qué, en los que aquello que te dio el último empujón necesario para estar donde estás te coge y hace que tu cabeza desaparezca del lugar dónde debe de estar y vaya a paisajes de los que quedó claro que huyó hace tiempo. A veces hay días como el de hoy en los que te pones a hablar con una voluntaria que está enseñando la réplica del Endeavour (el barco del capitán Cook), le empiezas a explicar cómo es España, dónde está y como es Zaragoza, tus problemas para entender el acento aussie, y te acaba preguntando por qué viajas solo. Le explicas que es una decisión vital, le cuentas cómo te ayuda a afrontar tu vida real, pero cuando la dejas para seguir tu visita miras a tu lado para intentar comentar con alguien lo que te acaba de pasar y ese alguien no está. Y nunca ha estado. Nunca ha estado desde que hace 13 años comencé estos viajes por primera vez. Seamos claros, no me arrepiento de uno solo de los viajes que he emprendido en estos 13 años y, además, el único que he hecho acompañado parece que fue el desencadenante (sin saber por qué exactamente) de los problemas que he tenido este último año.
Así que, con estos condicionantes, ¿por qué le doy vueltas?
Quizás es que a veces necesitaba abrazar a alguien o preguntarle si sentía lo mismo ante un Uluru teñido en sangre. A veces uno cree necesitar tener a alguien sentado a su lado en ese banco en la ribera del río Brisbane en el que está disfrutando de un día de primavera. O uno piensa que no estaría mal poder decirle a alguien que Melbourne es la ciudad más amable que se ha encontrado desde hace mucho tiempo y preguntarle si piensa lo mismo.
Todas estas sensaciones están más que controladas la mayor parte del tiempo, pero a veces la meteorología se vuelve plomiza y gris y ocurren cosas como las de hoy. Como uno de esos días de color rojo que tenía Holly Golightly en «Desayuno con diamantes». La solución, como siempre, será una mala noche por delante y el sol que dicen los pronósticos que mañana va a volver a salir iluminará un nuevo amanecer. Porque no quisiera olvidar, ni siquiera en los malos ratos, que estoy viviendo uno de los grandes sueños vitales que hacen que esta vida merezca la pena.

No sé, quizás debería haberos hablado de esa bahía de Sydney que me tiene obnubilado o de la sensación de claustrofobia terrible que he sentido dentro de un submarino (un avión es una mansión comparado con esto) o de un australiano que me he encontrado que hablaba un castellano casi perfecto porque había vivido en Sevilla y San Sebastián. Quizás, pero hoy he querido abusar de vuestra confianza y contaros la cara B de un sueño, esa visita inesperada que todo viaje tiene.
Para que no digáis que no hay fotos, os dejo alguna del interior del submarino. Hasta mañana.

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