Nace «Siempre hay un lugar nuevo que conocer»

Este blog nació hace un año por estas fechas con vocación de diario de viaje, como una manera de contar a los que me rodeaban o a quién quisiera leerlo uno de esos viajes con los que uno sueña desde jovencito y que por fin me había atrevido a hacer. Australia. Como tal, día a día, desde la otra esquina del mundo fui contando mis aventuras y percepciones sobre ese gran continente. Cuando el viaje acabó, este blog murió.

Luego lo aproveché para hacer lo mismo con mi viaje europeo de invierno, así que rebauticé el blog, pero empecé a no sentirme cómodo con el formato de diario y lo terminé a duras penas.


Ahora, después de comenzar a leer otros blogs de gente viajera, quiero hacer renacer este blog y plantearlo con otro estilo. Afortunadamente he viajado bastante a lo largo de mi vida (menos de lo que me gustaría) y espero que me quede mucho por viajar, así que voy a empezar a hacer una bitácora al uso, contándoos distintos recuerdos sobre lugares en los que he estado, reflexiones sobre mi alma viajera o mis nuevos proyectos. Todos los que queráis, todos los que me encontréis y os guste, en definitiva, todos estáis invitados a seguir el renacimiento de este blog, aquel que se va a llamar a partir de ahora “Siempre hay un lugar nuevo que conocer”

Bienvenidos, poneos cómodos y soñar.

Puente de la bahía, Sydney

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Día 15 : Hasta la próxima, París… porque habrá una próxima

Mi último día del Winter Tour 2014 decidió salir lluvioso. Debía de ser que no había tenido suficiente con las nevadas que me persiguieron por Irlanda del Norte y el destino me deparaba más. La verdad es que no me importaba mucho, porque esa mañana (el avión salía a media tarde destino Zaragoza) había decidido dedicarla a visitar el mejor continente que posiblemente puede haber para un museo: Orsay. El Museo de Orsay está dedicado al siglo XIX y comienzos del XX. Digamos que abarca el espacio temporal que hay entre las obras del Louvre y las del Pompidou. Se encuentra en una antigua estación de tren a orillas del Sena, muy cerca del edificio de la Asamblea Nacional y en el tramo del Sena entre la Île de la Cité y Trocadero. Se trata de un edificio espectacular, precioso, que, por lo menos para mí, consigue eclipsar la colección de arte que contiene.

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Estás paseando por el pasillo central dedicado a la escultura y constantemente la vista se te escapa al techo acristalado, a las paredes y al reloj. Ese maravilloso reloj que desde la parte superior domina toda la nave para cumplir con la misión de todo reloj en una estación de tren: conseguir que no pierdas el tren. y ahí sigue pese a que hace ya muchos años que no hay andenes y ningún tren entra en este espacio.

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Vas paseándote por la vasta colección del museo, con cosas que te interesan más y otras menos, vas ascendiendo hacia las terrazas superiores por las escaleras mecánicas, hasta que llegas al momento cumbre. Aquel en el que llegas a la parte superior donde han reunido todas las obras del Impresionismo francés, pero que tú olvidas rápidamente porque te asomas a la espectacular terraza que domina toda la estación y desde la que aprecias toda la disposición del museo. Observas como cientos de visitantes como tú parecen pequeñas hormiguitas mientras se desparraman a lo largo de toda la nave central para acceder al as partes que les resultan más atractivas de la exposición. y te quieres quedar horas y horas ahí arriba, viendo la vida de los turistas pasar mientras imaginas que la estación todavía sirve para su propósito inicial y los trenes entran y salen de ella, trenes de vapor como aquellos que poblaron esta estación en los comienzos del siglo XX.

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Hasta que en uno de los vistazos al reloj que domina la estación te das cuenta de que tienes que ir al hotel a recuperar tu maleta porque las vacaciones están tocando a su fin y te espera un corto vuelo que te devuelva a la realidad diaria. Y mientras haces eso, mientras vas hacia el aeropuerto, mientras esperas el avión, mientras vuelas, rememoras los 15 días que llevas fuera de tu hogar y piensas que, pese a todas las penurias que te han ocurrido, en realidad ha merecido la pena. Como casi siempre.

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Día 14: Otro París que no vi en su momento

Pese a que estuve cuatro meses viviendo en esta ciudad de París y que he vuelto un par de veces más, todavía hay sitios que no había conocido, a los que no me había acercado, y no era por falta de ganas, si no porque siempre ponía otros lugares por delante. Hoy había decidido acabar con alguna de esas lagunas. Y una que seguía dando vueltas a mi cabeza era la Basílica de St. Dennis. Situada en la periferia de París, en la ciudad del mismo nombre, alberga las tumbas de todos los reyes de Francia, hasta que este pueblo de manera inteligente decidió que no quería saber nada de gobernantes por no se sabe qué derecho.

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La Basílica se encuentra emplazada en la plaza principal de la ciudad, en la que también se encuentra el ayuntamiento y que, de manera inteligente, está peatonalizada para disfrute de turistas, viajeros y, sobre todo, de los habitantes de la ciudad. Externamente no es especialmente atractiva, pero lo bueno se encuentra dentro.

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Se trata de una Basílica gótica, el primer edificio gótico que se erigió en Europa, y como tal destaca por sus vidrieras, que otorgan una luminosidad mágica, sobre todo si te acercas en un día soleado como fue mi caso. Una vez que te has hecho con la panorámica general del lugar, puedes acceder al fondo dónde se encuentran las tumbas de los reyes de Francia (previo pago, of course). Estas se dividen en dos grupos: una serie de ellas se encuentran en superficie, mientras que otras están en la cripta situada bajo el altar. No existe una división temporal clara, hay de todas las épocas en los dos lugares, aunque, claro está, las más espectaculares arquitectónicamente se encuentran en superficie, con auténticas obras que rozan la megalomanía por parte de las personas enterradas en ellas.

 

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Sin embargo, todas las que se encuentran en la cripta están subordinadas al cuerpo central, donde se encuentra la presunta tumba de St. Dennis, martir y primer obispo de París. Una serie de paneles te explican por qué se cree que se encuentra aquí y cuáles son las pruebas de ello, junto con una bonita iluminación con la imagen del santo sobre la presunta tumba.

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Una vez que salgo de allí me doy cuenta de que la visita ha merecido la pena mientras me siento delante del ayuntamiento y me dedico a ver la vida de los habitantes de la ciudad pasar.

Para la tarde me había reservado un poco de pasear por el París más conocido por mi. Por supuesto, lo primero que hago es cumplir con una de mis tradiciones, costumbre que cogí cuando tenía ratos libres entre clase y clase en la Sorbonne: ir a sentarme en una de las sillas que hay en los Jardines de Luxemburgo para leer un buen libro mientras observo a los parisinos disfrutar de su ocio vespertino.

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Afortunadamente no hace demasiado frío para ser Febrero y disfruto cada uno de los minutos que estoy, recordando aquellos viejos tiempos, que no sé si fueron mejores o peores, pero sí distintos.

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Pero tengo que visitar otro lugar de París antes de que la noche caiga, así que me levanto y me acerco a la boca de metro de Luxembourg para acercarme a mi última parada diurna: Trocadero y, una vez allí, la Torre Eiffel.¿Hay mucha gente? Sí ¿Es muy típico? Sí. Pero la vista dese la parte alta del Palacio de Trocadero sobre el Sena y la Torre Eiffel hace que merezca la pena aguantar a las hordas de gente que se encuentran en el lugar.

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Pese a todo, me acerco a la base de la Torre, solo para descubrir cuando echo la vista desde el centro hacia arriba, que se ha desarrollado en mí un vértigo a la altura que no tenía en mi primera visita a la ciudad. Soy incapaz de mirar hacia la punta de la torre sin sentir un vértigo agobiante. Será cosa de la edad…

La noche ya comienza a caer sobre París y comienzo a pasear Sena arriba para pasar por la cúpula de Invalides, el Grand Palais y llegar a la Ile de la Cité para acabar de nuevo en «Shakespeare and Company», porque los grandes descubrimientos se merecen ser revisitados aunque solo sea un día después.

Aún me queda una mañana en París antes de volver a Zaragoza y eso será otra historia que os contaré en otro momento.

 

 

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Día 13 : París, je t’aime

Anoche llegué a París desde Belfast. Ayer en Belfast no paró de llover, pero me gustó pasear por el centro de la ciudad. Pero hoy estoy en París. París. La ciudad más maravillosa del mundo, que solo tiene un problema: los parisinos. Pero eso lo obvias cuando vienes a verla,  a visitarla y saludarla, a preguntarle si te ha echado de menos. Y entre todos los sitios de París, los jardines de Versalles son uno de mis favoritos. Y éso es lo primero que he hecho hoy, ir a los jardines de Versalles. Da igual la gente que haya (que era mucha), los jardines son tan grandes que te permiten perderte y sentirte solo.

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Y luego he vuelto a la ciudad, para descubrir uno de esos lugares mágicos en los que no había estado: Shakespeare and Company, una librería mítica, en su sitio desde la época de entreguerras, lugar de peregrinaje para todos los escritores de su época y un caos maravilloso de libros apilados, con escaso espacio para moverte y un desorden ordenado que te deja obnubilado y que no puedes parar de mirar libros, libros y más libros. Es el lugar donde Jesse y Celine se reencontraron nueve años después para crear  «Before Sunset» (si no sabes de qué te estoy hablando, ahora mismo te pones a ver la trilogía del Antes de Richard Linklater, ¡ya tardas!), es, desde ya, uno de los lugares que me obligaré a visitar cada vez que vuelva a París.

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Y luego se ha hecho de noche, y me he acercado a «mi puente», el que une las dos islas del Sena, he subido hasta los Campos Elíseos andando, y, finalmente, he cenado en una Brasserie para decir hasta mañana París.

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Día 11 : Una mirada al conflicto norirlandés

Hoy definitivamente el sol se ha impuesto a las nubes, que no al frío, y nos ha dejado un día de los que apetecía pasear. Así que he cogido mi kit completo y me he echado a la calle. Belfast tiene una historia detrás que nunca se debería de olvidar y que todavía rebosa por las calles de esta, parece, moderna ciudad que mira al futuro. Y una de las muestras más permanentes de esa historia, de ese pasado, se ve en cuanto comienzas a pasear por dos de los barrios más representativos de la época de los problemas: West Belfast y Shankill, el primero católico y republicano, el segundo protestante y lealista.

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Los dos barrios son colindantes, pero se encontraban (y encuentran) separados por una serie de puertas o checkpoints y un muro de la vergüenza, al que ahora han rebautizado como Muro de la Paz. Pero aparte de todo eso, lo importante es el arte mural que generó el conflicto. En los dos barrios se crearon y subsisten multitud de murales con pinturas, frases e imágenes relativas al conflicto, siempre desde el punto de vista (sectario) de cada uno.

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Pese a todo, existen algunas diferencias. Mientras que en los murales republicanos se da más importancia a las personas y al mensaje que quieren transmitir dejando las armas en un segundo plano, en los murales lealistas las armas suelen ser la base del mural, para dar la sensación de que estaban oprimidos y solo se podían defender con ellas.

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Pero la base de todos los murales es la propaganda, la loa a los caídos y al futuro que desean cada una de las comunidades. Y, casi siempre, muestran un odio atroz hacia el otro bando. Los dos barrios, sin embargo, son bastante parecidos, quizás con un punto más de pueblo el católico que el protestante, pero sobre todo se detecta un ambiente opresivo que sigue flotando por encima de la zona, unas miradas desconfiadas al turista que va allí a admirar los murales, en definitiva, algo que parece que la maltrecha paz que se impone en los seis condados no parece terminar de anular.

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La identificación es tal con su bando que hay muchas esquinas en las que las aceras están pintadas con los colores correspondientes (azul, blanco y rojo los lealistas; naranja, verde y blanco los republicanos). Sin embargo, en cuanto cruzas la frontera imaginaria que te saca de estas zonas, Belfast vuelve a ser una ciudad moderna que intenta huir de su pasado.
Por la tarde he estado en el museo temático que han hecho sobre el Titanic en el muelle donde se construyó. La verdad es que está mejor de lo que me esperaba, aunque sea muy caro. Eso sí, el edificio que han hecho evocando la forma del barco es espectacular.

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En fin, mañana por la mañana aún seguiré por Belfast, pero por la tarde volaré a París, siempre París, la mama París. Os contaré 🙂

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