Día 7 : Todo esto era por algo

Hay días que hasta que no los ves terminar no te das cuenta de lo que te han dado, de lo que van a significar de aquí en adelante. Hace rato que el Sol ha caído y nos ha regalado a Uluru teñido en sangre, aunque sólo fuera por 30 segundos, pero yo sigo con ese golpe en el interior, ese corazón encogido por aquello que se ha vivido. No creo que sea capaz de transmitir nada de nada con estas líneas, pero lo voy intentar.

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Por la mañana he ido a Uluru. Conforme te vas acercando, aquello que parecía poca cosa comienza a asustarte, a impactarte, a impresionarte. Te dejan en el Centro de Visitantes, a dos kilómetros de la base de la roca, y tras empaparte un poco de la cosmogonía anagu comienzas a acercarte lentamente, andando, viendo como las paredes que parecían compactas están llenas de cuevas provocadas por la erosión del agua en la arenisca. Empiezas a ver como por los lugares por donde el agua escapa de la cumbre y cae a la tierra de desierto hay unas marcas negras, que no son más que algas que se han acostumbrado a crecer con esos aportes escasos de agua.

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Y llegas a la base del monolito. Y llegas al comienzo del camino de escalada a la cima. Algo curioso, ya que te piden que no subas, que es algo sagrado para los anagu, pero a la vez el camino está marcado con cuerdas para ayudar a hacerlo. Yo decido no subir, no por falta de ganas, sino por el respeto que me gustaría que tuvieran por mis creencias. No puedes pedir respeto para ti si no lo tienes por los demás.

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Por eso comienzo el camino de circunvalación de la roca, que me invita a pasar por los lugares sagrados, por los pequeños oasis que se forman con el agua de lluvia, por las caprichosas formas que le ha dado la erosión a la roca.

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Es un camino duro, más a los 35 grados que ya hacen a las diez de la mañana, pero cuando tres horas después lo terminas, no puedes más que dar gracias por haber tenido la fortuna de realizar esta peregrinación.

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Pero el día no ha terminado. Comes en el resort y decides que te lleven a Kata Tjuta, a cincuenta kilómetros, una formación de montañas redondeadas por la erosión y que esconden un auténtico oasis enmedio del desierto. Vas adentrándote entre las laderas de la montaña y te sientes pequeño, insignificante, imaginas el respeto que podían mostrar aquellos aborígenes mucho antes de la llegada de los europeos.

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Y pese a que cuando llegas al agua, a la vegetación, no consigues ver ningún animal, sabes que la magia de la existencia de este oasis atrae a todo ser viviente en muchos kilómetros a la redonda.

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Pero el día no es completo, nunca es completo sin verlo atardecer. Y menos sin verlo atardecer ante la vista de Uluru. Pero hoy parece que el Sol se hace el remolón, y se esconde entre nubes que no hacen presagiar nada bueno. Pero la magia de Uluru, el haber respetado las creencias aborígenes, me ofrece un regalo en forma de un minuto del Sólo tiñendo de rojo sangre las laderas de Uluru justo antes de desaparecer bajo el horizonte.

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Y entonces sabes que ya todo da igual. Te das cuenta de que tu vida no tiene la más mínima importancia y que ellas, aunque lo intentarán, ya va a ser muy difícil que sean capaces de hacerte daño otra vez. Después de haber estado en Uluru, después de haber sentido su fuerza, tu corazón solo te pide libertad y olvido. Todo tu ser solo quiere ser capaz de lograr esa comunión con la naturaleza que ha logrado Uluru. Sabes que esa roca y ese atardecer volverán dentro de ti cuando creas que ya nada merece la pena, que no quieres dejar que te haga sufrir, para recordarte que una vez fuiste eterno balo la sangre de Uluru.
Buenas noches, siento la chapa.

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P. D. : ni siquiera lo he revisado, está tal y como lo escribí ayer, inconexo posiblemente, pero escrito desde el corazón

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Día 6 : Adentrándonos en el outback

(Llevo dos noches sin wifi, pero he escrito, voy a colocar aquí lo que adelanté en papel para volver a coger el ritmo)
Hoy era el momento de acercarnos a uno de esos mitos que siempre hemos conocido de Australia. Era el momento de acercarnos a esa montaña rojiza situada en el centro de la nada. Era el momento de acercarnos a Uluru, el nombre aborigen (que voy a respetar) de Ayers Rock.

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La primera impresión ha sido desde el avión que me ha acercado a este lugar. La verdad, no me ha impresionado nada, incluso me ha decepcionado un poco. Pero cuando bajas del avión, y mientras te llevan al pueblo de servicios que han montado a siete kilómetros, no dejan de hablarte de la soledad del lugar, de que no hay nada habitado a menos de 400 kilómetros a la redonda, y piensas que todo este viaje no lo has hecho por nada. Que no te has levantado a las cinco y media en Melbourne para nada. Y basta subir a una de las dunas de observación que hay en el poblado, basta mirar hacia el este para ver la mole de Uluru y darte cuenta de que tu primera impresión ha sido errónea. Y sabes, intuyes, que al día siguiente se va a demostrar.
Mientras los nervios te van carcomiendo, compruebas que el poblado está muy bien equipado, que te cuidan mucho, aunque ya pueden hacerlo con lo que te cobran, que han conseguido hacer un lugar agradable en un desierto inmisericorde. Y mientras cenas carne de canguro y te tomas una cerveza, sueñas con lo que deparará mañana…

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Día 5 : Yo a esto del footy no le veo la gracia

Con dolor de mi corazón mis días en Melbourne llegan a su fin. Ya Emirates me cercenó uno y, la verdad, es que tres se me han hecho muy pocos. Y no porque me queden muchas cosas por ver, que no es eso, si no porque el ambiente de la ciudad es magnífico, siempre hay gente por la calle, las orillas del río las han aprovechado de una manera magnífica (aprende JuanAl, que no es sólo cosa de reformarlas) y Fed Square es un hallazgo cómo lugar de encuentro.

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Hoy he comenzado la mañana en Chinatown, sumergiéndome en la antigua Melbourne de comienzos de siglo, con sus callejuelas y, por supuesto, con su puerta china.

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He subido a la Old Melbourne Gaol, que no es más que la primera cárcel que tuvo Melbourne, donde ahorcaban a los que se portaban mal. Tiene su aquél, pero tampoco era lo que esperaba. Exposición simplona, más atenta al morbo de los ahorcados que a cómo era la vida de los presos y sus carceleros.
Luego ya me he dedicado a pasear por Melbourne, ver las calles y callejuelas, conocer su zona de compras (como no, con su tienda de Zara) y seguir deleitándome con el arte grafitero en cualquier callejón.

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Y para acabar mi estancia aquí, me he ido a ver un partido del deporte que más pasiones levanta entre los australianos: el footy (o fútbol australiano). Vamos a ver, que yo no digo que esté mal, pero yo no le veo el truco. Parece que es muy dinámico, y esa es la imagen que da, pero tras un tiempo te das cuenta de que es muy estático. La regla de las marcas hace que el juego se ralentice cada dos por tres (cuando coges el balón al vuelo desde una patada el defensor tiene que quedarse a dos metros) y una cosa curiosísima: siempre hay un montón de gente en el campo. A saber, 18 jugadores por equipo, 9 árbitros (3 principales, 4 de línea y 2 de gol), además las asistencias están constantemente dentro del campo aunque el balón esté en juego y, por si faltaba poco, hay dos tipos de naranja fosforito yendo de un lado para otro, que al final he descubierto que son los que dicen a los jugadores que van a ser cambiados, ya que los cambios son como en el balonmano. A todo esto se añade que no parece haber faltas ni expulsiones, hoy he visto un puñetazo con el juego parado delante del árbitro, ¡y no ha pasado nada! Ni expulsiones, ni separarlos, nada. Y la grada jaleando como loca al agresor. Cosas raras, amigo Sancho. Como veis, no es un deporte al que me vaya a enganchar.

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En fin, que ya es muy tarde y mañana madrugo muchísimo, ya que tengo dos vuelos para llegar al outback, a la roca sagrada de los anagunu, a Uluru. Os contaré de nuevo.

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Día 4 : Melbourne empieza a molar mucho

Se acabó el jetlag o lo que tuviera. Doce horas de sueño con un solo despertar enmedio lo ha arreglado. Sí, lo sé, con mi insomnio imaginad cómo debía de estar para conseguir eso.
En fin, que cuando me he levantado la vida se veía de otra manera. Así que rápidamente me he vestido y he salido a patear la ciudad. He empezado desayunando en la escalinata de Federation Square, como la mayoría de los visitantes de Melbourne.

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Luego me he puesto a andar hacía los jardines Fitzroy y los grafitis de las callejeras cercanas a Fed Sq, auténticas obras de arte curradísimas y que dejan una ciudad espectacular. En los jardines además, tienen el árbol de las hadas, un tocón decorado con dibujos de seres de leyenda, que han tenido que proteger para evitar que la gente metiera papeles dentro de él pidiendo deseos…

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Luego he ido al MCG, el que fuera estadio olímpico en los Juegos de 1956, hace ya un rato… Aquí os quiero comentar una de las cosas que más me ha llamado la atención en esta ciudad: los semáforos. Como todos sabéis, los semáforos de peatones en España se pone en verde parpadeante antes de pasar a rojo… pues aquí no. Aquí cuando un semáforo verde va a pasar a rojo ¡se pone en rojo parpadeante! Es decir, puedes pasar en rojo, aunque sepas que se va a acabar pronto.
Bueno, en el MCG he visto el museo del deporte, o más bien el museo del fútbol australiano, porque el 60% de él está dedicado a este deporte. El resto al cricket y al olimpismo, con un Cobi recordando los juegos de Barcelona 🙂
A la salida he vuelto andando a la  ida pasando por el Rod Laver Arena, sede del Australian Open de tenis y paseando por la orilla del río.

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Tras comer algo he cogido el bus turístico gratuito que me ha dado una vuelta completa por Melbourne y he identificado un par de sitios donde ir mañana. Cuando lo he dejado he cogido un tranvía (la mayoría del transporte público es en tranvía, es genial) y me he bajado a la playa de St. Kilda, para ver el atardecer e intentar ver unos pingüinos que hay en uno de los pantalanes del puerto, pero resulta que estaba cerrado el acceso por obras 😥

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Por lo menos me he quedado con un bonito atardecer. De vuelta al CBD he paseado un rato por la orilla del río con los edificios iluminados, he cenado y a descansar que mi rodilla comenzaba a dar síntomas de flaqueza.

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¿Sabéis? Me está empezando a gustar mucho Melbourne. Es una mezcla de ciudad grande y de locura con un montón de lugares donde puedes olvidarte de que estás en una gran ciudad y que te dan una paz y tranquilidad que pocas ciudades tienen. Quizás no sería un mal sitio para vivir, pero nunca se sabe. En fin, mañana último día en Melbourne, ya os iré contando que tengo bastantes planes jejeje

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Día 3 : Melbourne con los ojos a media asta

Ya os dije que era cuestión de no dormir aunque me lo pidiera el cuerpo. Y éso es lo que hice: no dormir. Así que a las nueve de la mañana ya estaba pateando Melbourne. Yo no sé si éso es el jetlag (nunca antes había hecho ocho horas de cambio horario) pero la sensación durante todo el día ha sido muy extraña. Me sentía como en las nubes, a veces no tenía muy claro dónde estaba y mis ojos no han terminado de abrirse del todo a lo largo del día.

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Mi primera parada ha sido Federation Square. Se trata de lo que se podría definir como la Plaza Mayor de Melbourne. No es una plaza al uso de lo que consideramos en Europa, pero hace las veces de. Es un espacio inclinado con escalones dónde la gente va a pasar el rato y usar la wifi gratuita. Siempre esa muy animado y lleno de gente, y se puede considerar el centro de Melbourne, a partir de donde comenzar tu jornada.
A partir de ahí tienes todo el CBD en tus manos (así se llama en Australia el centro de las ciudades, Commercial and Bussiness Centre), así que me he puesto a andar un rato. La cuestión era no estar mucho parado para no dormirme. He cogido el tranvía gratuito y he dado la vuelta a la ciudad. Sí, porque hay un tranvía que da la vuelta al CBD, parando en todos los lugares importantes y que es gratuito. Además está el autobús turístico que también es gratuito y que cogeré mañana 🙂

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He acabado en el Puerto de la ciudad, que realmente no es el puerto. Me explico, es una zona dónde han hecho una serie de muelles y un centro comercial al lado de estos, pero que no es exactamente la orilla del mar, sino una laguna interna que está conectada con el mar. Allí, al sol, me he sentado a leer un rato ya que pese a ser invierno hacía un día muy agradable con 17 grados.
Luego me he vuelto a Federation Square para entrar en el Museo de la Imagen con un montón de cortes de películas y series en los que te muestra la evolución del lenguaje visual, para acabar el día en el monumento a los caídos, que es un memorial bastante espectacular enmedio de un parque muy agradable.

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Desde allí había una vista muy espectacular del skyline de la ciudad y ya entonces, pese a que era pronto he decidido retirarme porque mi estado empezaba a ser bastante lamentable. Mañana será otro día, a ver lo que duermo. Os contaré.

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