Dar la vuelta al mundo… el sueño de todo viajero

Coger un mapamundi y buscar lugares que uno quiera visitar, quizás ese es el entretenimiento más habitual entre todos aquellos a los que nos gusta viajar. Pero pronto eso no basta, y pasamos a la siguiente fase: ¿por dónde iría nuestra vuelta al mundo?

Pues sí, yo no soy muy distinto al resto de la humanidad y llevo ya un tiempo fantaseando con dar la vuelta al mundo y, claro, la ruta es aquello que me provoca más problemas. Como buen amante de Julio Verne, mi vuelta al mundo se haría hacia el Este, tal y como la hizo Phileas Fogg, aunque creo que mi ruta será un poco distinta.

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«Mapa Vuelta al Mundo en 80 días de Verne» por Andru.p.b – Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

Empezaré por Grecia y Egipto, para recordar lo que hicieron nuestros antepasados mediterráneos. De Egipto saltaré a la India, uno de esos lugares que conforme más leo y veo más ganas tengo de conocer. Seguiré por el Sudeste de Asia: Tailandia, Camboya, Vietnam, Hong Kong y China; para terminar Asia con Japón.

Desde Japón llegaré a América, posiblemente Alaska para bajar a la costa Oeste canadiense y luego California y el Gran Cañón. Bajaré toda la costa americana: México, Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Chile y Argentina, para acabar en Ushuaia, lo más cerca posible de la Artántida… y quizás buscar un crucero hasta allí.

La última etapa de mi viaje será subir a la costa Este norteamericana para estar en Boston, Philadelphia y terminar en Nueva York, la que dicen la capital de mundo.

Me quedaría fuera todo el centro y el sur de África así como Nueva Zelanda, pero eso será cosa del siguiente viaje.

Pero…

Antes de que me deseéis buen viaje tengo que decir que eso solo un sueño… de momento. No tengo el atrevimiento de dejar atrás mi trabajo en los tiempos que corren en este país y lanzarme a una aventura que será maravillosa, seguro, pero que no me asegura recuperar mi medio de vida cuando vuelva. A veces pienso en que podría dejar mi trabajo y dedicarme a viajar, trabajando para vivir en los distintos lugares donde esté. Son muchos sueños los que asaltan mi cabeza cuando intento dormir por las noches, pero de momento son eso, sueños.

Y vosotros, ¿habéis soñado con dar o habéis dado la vuelta al mundo? ¿Cuál sería o fue vuestra ruta? Estoy deseando saberlo, porque igual coincidimos, ¿no?

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Cardiff, una ciudad inesperada para un fin de semana distinto

Cuando pensamos en escaparnos un fin de semana a algún lugar cercano siempre nos vienen a la mente los lugares típicos en Europa: París, Londres, Roma o Berlín, pero en esos días de primavera yo ya estaba cansado de las ciudades de siempre y decidí bucear en los destinos que ofrecía Vueling para ver que otras cosas había. En esas estaba cuando vi Cardiff. Hasta ese momento, para mí Cardiff era la capital de Gales y poco más. Me sonaba el Millenium Stadium donde jugaba a rugby la selección en el Seis Naciones, pero no conocía nada más de la ciudad. Es decir, para mí era una anodina ciudad más de Europa. Pero, por cambiar de aires, decidí coger un billete de fin de semana y allí me fui un fin de semana de Junio que además, sin pretenderlo, coincidió con la peor semana emocionalmente que yo recordaba.

¿Qué me encontré? Pues me encontré una ciudad muy pequeñita que me permitió conocerla andando sin necesidad de transporte, con un centro peatonal y una juventud que, aunque no me lo creía, se asemejaba mucho en la vestimenta y en la forma de comportarse a los protagonistas del reality de MTV «The Valleys».

Mi fin de semana empezó en el Cardiff Castle, en el centro de la ciudad. Se trata de una fortificación bastante imponente que encierra dentro una gran explanada de césped y una pequeña fortificación en lo alto de una colina, de época normanda y construida sobre un antiguo fuerte romano. Se trató del centro de poder de Cardiff y fue cambiando de manos a lo largo de la historia del país. En un lateral de la explanada, pegado a las murallas, hay un castillo mucho más grande y más parecido a un palacio. Data del siglo XIX, cuando ya la zona era parte estable del Reino Unido y ahora alberga una gran cantidad de muebles de la época. Además, en la explanada se pueden encontrar reproducciones de varias armas de asedio.

Como podeis ver en las fotos, pegado al castillo se encuentra el Millenium Stadium con su diseño futurista. Se puede visitar, pero cuando yo estuve no pudo ser porque estaban montando el escenario para un concierto de Rihanna dos días después.

Desde allí me dirigí a la zona de la bahía, que se encuentra un poco alejada del centro de la ciudad, a unos tres kilómetros. Yo fui andando porque hacía muy buen día, pero también hay autobuses que unen las dos partes de la ciudad. Allí se encuentra el Millenium Center, que si sois seriéfilos igual os suena porque ha salido en varias series inglesas como «Doctor Who» y que es conocido como el Armadillo. Realmente es un centro cultural donde se realizan exposiciones y talleres.

Luego se puede estar tomando una cerveza tranquilamente en cualquier terraza o simplemente sentarse en cualquiera de los escalones mirando el mar mientras lees un buen libro o simplemente tomas el sol.

Tras tomar largamente el sol, volví al centro de la ciudad para dirigirme hacia la zona de Llandaff. Se trata de una zona arbolada y con grandes extensiones de césped, donde un sábado por la tarde había mucha gente haciendo picnic y jugando al cricket (sigo sin entender ese deporte), y una vez cruzada una carretera, entre los árboles, puedes encontrar la Catedral de Llandaff, un edificio precioso que, lamentablemente, estaba también cerrado, esta vez por un concierto de órgano. Pese a todo, estuve rodeándolo y admirando su belleza, ya que se trata de una catedral del siglo XIII, en estilo gótico.

Cuando salí de allí ya empezaba a ponerse el sol, así que volví al centro peatonal de la ciudad para cenar y terminar un día de relax y olvido en la capital galesa. Si tenéis un fin de semana y no sabéis dónde ir, pensad en Cardiff, no os defraudará.

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La bahía de Kotor, parada imprescindible en la costa dálmata

Cuando decidimos incluir en nuestro viaje Montenegro y la Bahía de Kotor, no tenía muy claro si era una buena idea. Había sido insistencia de mi hermano, porque lo había leído, pero no creía mucho en lo que me fuera a encontrar. Además, el viaje aquella mañana estaba siendo horrible. El autobús había salido tarde de Dubrovnik, había muchísimo tráfico y nos habían retenido un tiempo increíblemente largo en la frontera sin saber exactamente la razón. Total, que cuando llegamos a Kotor tras casi tres horas para hacer 100 kilómetros no teníamos ganas de nada. Pero fue empezar a andar hacia nuestro alojamiento y empezar a ver que quizás había merecido la pena.

Bahía de Kotor

Bahía de Kotor

Habíamos elegido dormir en el interior de la ciudad amurallada y pronto se reveló como una magnífica idea. Entramos por una de las puertas de la muralla y comenzamos a andar por una callejuela empedrada que corría por la base de la montaña, lo que hacía que mirar hacia nuestra derecha era ver como la ciudad comenzaba a trepar por la ladera de la montaña y ver como más allá del fin de esta las murallas trepaban por la colina hasta alcanzar lo que creíamos era la cima, muy, muy arriba. Supimos al momento que teníamos que subir hasta allí arriba. Nos alojamos en una habitación privada del Old Town Hostel, que se encontraba en otro edificio distinto por lo que nos librábamos de la algarabía nocturna que habíamos leído que se organizaba enfrente del Hostel. El wifi no funcionaba (ni funcionó durante los tres días) pero hay que decir que el staff del Hostel hizo todo lo posible para arreglar la avería, e incluso nos iban informando todos los días del estado del problema, que según parece era de la compañía telefónica, e incluso nos dieron la contraseña de una wifi vecina que estaba lejana y no se cogía muy bien, pero que valía para salir del paso.

Fortaleza de Kotor

Fortaleza de Kotor

Para nuestro descubrimiento de la bahía, decidimos tomar un autobús turístico como el de cualquier ciudad, pero con la diferencia de que este te llevaba por los pueblos de la bahía. Nos llevó toda la mañana descubrir los pueblitos de la bahía, empezando por los mosaicos romanos en el pueblo de Risan, donde una villa romana se alzaba en los tiempos arcanos y sus suelos que han quedado para nuestro deleite.

Risan

Mosaico en la villa romana de Risan

Villa romana de Risan

La siguiente parada del autobús es el pueblo de Perast. Este pueblo es cosa aparte. Se trata de un conjunto de palacios e iglesias que se sitúan en el pequeño espacio que delimitan la bahía y la carretera y que es como un viaje al pasado. Además, puedes subir a la torre de la iglesia de San Jorge (lagrimita como buen aragonés 🙂) desde donde destacan unas vistas espectaculares de toda la bahía. Como añadido, enfrente del pueblo hay dos pequeñas islas, la de San Jorge (otra lagrimita) y la de Nuestra Señora de las Rocas. La primera no es visitable, no así la segunda que además tiene la particularidad de que es una isla artificial, que fue formada por la acumulación de rocas y restos de barcos tiradas por los habitantes de la bahía a lo largo de los años. En la primera hay un monasterio y en esta segunda una iglesia, pero no tuvimos tiempo para visitarla. Pero aunque no puedas ir a las islas como nosotros, no puedes dejar de dar un paseo por el pueblo y perderte por sus pequeñas calles, porque es un sitio encantador.

Puerto de Perast

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Islas de San Jorge y Nuestra Señora de las Rocas

Palacetes de Perast

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Vista de Perast desde la torre de la iglesia

Al volver al pueblo de Kotor teníamos incluido un free tour por el pueblo, dónde nos estuvieron explicando la historia del pueblo, la existencia de todos los palacios debido a la riqueza que generó ser puerto de paso para los venecianos y la gran cantidad de iglesias que había en un lugar tan pequeño, tanto ortodoxas como católicas, lo que hace de él uno de los lugares con más iglesias por habitante del Mediterráneo, incluyendo dos catedrales, una de cada fe.

Fortaleza de Kotor tras la Catedral católica

Para la tarde, una vez que había comenzado a caer el Sol, nos quedaba el plato fuerte de Kotor: la subida a la Fortaleza. Tiene un precio de 3€, pero entre las siete de la tarde y las siete de la mañana es gratis (decir también que además de la subida principal hay otra también que parte de al lado del Hostal y donde la mayor parte del día no hay nadie para cobrar… aunque yo no he dicho nada). El problema es que el Sol se pone a esa hora más o menos y no hay iluminación en la subida. Pero subir, te dejan subir. El ascenso es durillo, aunque no mucho si estás un poco en forma y no eres un borrico que pone la quinta marcha en cuanto se pone a andar como yo. A mitad subida hay una pequeña capilla ortodoxa que te sirve como pequeño mirador para ver lo que has subido y, sobre todo, como lugar de descanso. Decir también que la subida alterna camino de tierra con escaleras, resultando estas bastante incómodas. Pero una vez que tras avanzar por distintas torres de la muralla llegas a la cima de la Fortaleza, todo ha merecido la pena. Las vistas sobre la bahía son espectaculares y si haces como nosotros y subes a última hora, la luz del atardecer te deja una visión mágica de la bahía y una imagen que difícilmente se te borrará de la mente.

Vistas desde la capilla a media subida

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Cima de la Fortaleza de Kotor al atardecer

No sé cuanto tiempo estuvimos extasiados ante las vistas, pero cuando empezó a oscurecer peligrosamente no nos quedó más remedio que comenzar la bajada al pueblo para cenar y terminar un día espectacular explorando la bahía de Kotor, ese lugar que no creerías que existía.

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Lo que uno aprende viajando

Hoy quiero parar un poco de enseñaros lugares para hablaros de todo lo que he aprendido desde que estoy viajando. Hay cosas que pueden ser más o menos importantes, pero para mi forman un todo que además hacen que me sienta obligado a seguir viajando. La lista que sigue son las cosas más importantes que he aprendido, pero con cada viaje, con cada lugar al que me acerco, aprendo cosas nuevas, porque como ya os dije en otro post, cuando uno tiene curiosidad no deja de aprender nunca, y eso es lo que nos mantiene vivos y hace que esta vida merezca la pena.

Respeto. Porque cuando viajas vas a lugares lejanos (o cercanos) que tienen otras costumbres, otras prioridades, otras creencias, otras formas de vivir. Da igual que estés en Australia, en Dubai o en Dinamarca, siempre descubrirás nuevas formas de ver la vida y aprenderás que son igual de respetables que tu forma de verla. Aprendes a respetar las creencias de los Anangu que te piden que no asciendas al Uluru porque su religión solo permite el ascenso a los chamanes. Aprendes a respetar cuando en una mezquita en Bosnia-Herzegovina te piden que te descalces para entrar. O aprendes a respetar cuando para entrar al Vaticano te piden que no lleves pantalones cortos o camiseta de tirantes. Viendo otros mundos aprendes que todas las ideas y creencias son igual de respetables que las tuyas.

– Tomar decisiones. Porque los viajes son imprevisibles, porque por mucho que tengas todo medido y reservado, nunca sabes cuando vas a perder el enlace del vuelo porque el avión se ha estropeado, cuando va a haber overbooking en el lugar donde te pretendías alojar o cuando se va a poner a llover torrencialmente cuando estás llegando a esa excursión a pie que tanto habías preparado. Y cuando algunas de estas cosas ocurren, tienes que buscar alternativas y no puedes quedarte atado a un lugar.

– Relacionarte. Esto es un tema muy personal. Soy una persona muy vergonzosa a la que le cuesta mucho tan siquiera saludar a alguien con el que me encuentro o incluso pedir algo en una tienda. Cuando viajo, tengo que obligarme a salvar todos esos miedos conversar con mucha gente desconocida, de toda condición y a la que puedes entender mejor, peor… o no entender nada. Lo que me lleva a lo siguiente…

– Comunicarte. Porque la primera vez que sales de viaje piensas: mi inglés es buenísimo, veo todo en VO por lo que entenderé perfectamente lo que me digan… ¡Error! En cuanto intentas mantener tu primera conversación te das cuenta de que por muchos idiomas que sepas, las conversaciones reales son mucho más complicadas. Aunque no os lo creáis, la mayoría de la gente no habla el inglés con el mismo acento, la mayoría de la gente no pronuncia perfectamente… e ¡incluso hay mucha gente que no habla ni una palabra de inglés! Así que aprendes a comunicarte con signos, con gestos, con cacofonías, de miles de maneras, y ¿sabes lo mejor? Lo consigues. Porque a veces tú también tienes días que te levantas y no te sale un inglés comprensible, y no te sale. Pero, como ya he dicho, aprendes que la mayoría de la gente está dispuesta a poner de su parte para entenderos.

Por mi experiencias, la gente más destacable por su amabilidad son los bosnios, los irlandeses y los australianos. ¡Pura amabilidad y paciencia!

– Aprender. Sí, parece redundante, pero aprendes a aprender. Porque aprendes geografía, aprendes historia, aprendes costumbres… aprendes a vivir.

– Escuchar. Porque no hay nada más interesante que escuchar a la gente que vive en los lugares que visitas contándote cómo se vive, cuáles son sus problemas, sus sueños, la historia de su país, cómo vivieron los momentos históricos que tú solo conoces de leer en los libros o en los periódicos.

En mi último viaje a los Balcanes aprendí cosas que no hubiera sabido nunca solo leyendo escuchando a Faruk (un guía bosnio que nos llevó en un par de excusiones) y a Vlade (un guía serbio del Free Tour en Belgrado).

La lista podría ser más larga, pero creo que lo anterior es lo más importante. Y vosotros, ¿qué habéis aprendido viajando?Petra

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Dubrovnik, mucho más que Desembarco del Rey

Dubrovnik. Desembarco del Rey. Es la asociación rápida que casi cada uno de nosotros podemos hacer a estas alturas del siglo XXI, gracias a la adaptación de las novelas de George R.R. Martin a la televisión. Pero no hace mucho tiempo, en mi juventud, Dubrovnik saltó a las noticias porque se convirtió en objeto de deseo (y de bombardeos) de los serbios tras la independencia de Croacia y la guerra que siguió a esa declaración. Su cercanía a Montenegro (en aquel entonces Yugoslavia), tan solo unos 25-30 kilómetros hizo el resto. Pero Dubrovnik (o Ragusa, como se conocía en el Medievo) ya era una joya desde mucho antes, y como tal no podía dejar de estar en nuestro viaje.

Lo primero que tengo que decir es que en Dubrovnik hay gente. Yo diría más, mucha gente. En mi opinión, la ciudad está rozando peligrosamente la saturación de turistas y hay momentos del día, como el mediodía, que la concentración de gente en la Ciudad Vieja es agobiante. El hecho de que la ciudad sea parada “obligatoria” de todos los cruceros que navegan por el Adriático no hace más que agrandar el problema. Otra de las cosas que hay que explicar de Dubrovnik es que es en realidad varios núcleos de población separados entre sí y no muy bien comunicados entre ellos. Es decir, todos tienen buena comunicación con la Ciudad Vieja pero no con el núcleo de al lado. Sumado a que la estación de autobuses está en las afueras eso te da una buena cantidad de caminatas si no te alojas en la (carísima) zona de la Ciudad Vieja. Fue nuestro caso porque nuestro alojamiento se encontraba en Lapad, que es la zona de playa de la ciudad, a unos 45 minutos andando de la Ciudad Vieja y otro tanto de la estación de autobuses.

Pese a todos los peros que he puesto anteriormente, tengo que decir que la Ciudad Vieja de Dubrovnik es espectacular, es una pequeña maravilla. El paseo por las murallas de la ciudad (al precio de 100 kunas) es inolvidable, sobre todo el tramo en el que te encuentras al borde del mar y te asomas para ver las murallas insertándose en las rocas que caen directamente sobre el agua, creando una barrera insalvable para todo aquel que intentara conquistar esta antigua aliada veneciana, conocida en aquellos tiempos con el nombre de Ragusa. Las murallas suben y bajan, adaptándose al terreno, hasta alcanzar su punto más bajo en la zona del puerto, único acceso por mar a la antigua ciudad (una recomendación: llevad agua, porque no hay una sombra, puede hacer mucho calor y solo se vende agua en dos puntos de la muralla y a un precio desorbitado).

Una vez habíamos recorrido las murallas (y que el calor que hacía nos persuadiera de dar una deseada segunda vuelta), nos adentramos en el corazón de la ciudad, recorriendo sus callejuelas, iglesias y palacios. El problema era que ya habían llegado todos los cruceristas y se hacía complicado moverse por la mayoría de los lugares. Pese a ello, todavía podías encontrar alguna callejuela que se escapaba al control de las masas y que te permitía soñar que te encontrabas cinco siglos atrás entre comerciantes venecianos. Además, en una de esas callejuelas pudimos encontrar un pequeño restaurante con muy poca gente y que reunía las tres B (bueno, bonito y, sorprendentemente en esta ciudad, barato).

Después de comer quedaba una cosa importante por hacer: subir en el funicular a la colina Srdj para ver la más preciosa vista de la ciudad fortificada desde sus 412 metros de altura. Se puede decir que las 100 kunas que costó subir fueron las kunas mejor aprovechadas aquel día en Dubrovnik. Las vistas son simplemente espectaculares, y si no fuera por el sol de justicia que estaba pegando uno podría pasarse horas viendo la ciudad a tus pies y observando la gran cantidad de islas que rodean la bahía.

Una vez abajo, nos dirigimos a la última parada del día, el Fuerte de Lovrijenac, diseñado como fuerte externo de apoyo a las defensas de la ciudad y desde el que se tienen unas vistas magníficas de las murallas. Diremos que nos costó llegar, ya que pese a que tienes contacto visual constantemente con él, el camino para llegar por las callejas de Dubrovnik no está muy bien marcado (por decirlo suavemente), pero con el clásico método de prueba-error todo se consigue.

Una vez hecho esto, quemados por el sol que no nos había dejado de caer en todo el día y muy cansados, volvimos a nuestro alojamiento para relajarnos al borde de la playa y prepararnos para la siguiente etapa de nuestro viaje: Montenegro y la inesperada bahía de Kotor.

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